El asedio a Baal (Relatos ambientados)

El Razorback vibraba a toda velocidad por el desértico planeta. Un asolado mundo perdido de la mano del emperador, y encomendado a la salvación y la liberación por parte del Capítulo de los Ángeles Sangrientos. Cada sacudida producida por las explosiones y el terreno arenoso y rocoso hacía que todos los hermanos presentes nos sintiésemos como simples objetos dentro de una caja de hojalata. La realidad no se alejaba demasiado. La hojalata en la que nos acercábamos al núcleo de la batalla se iba despedazando precipitadamente. El conductor tenía que eludir los proyectiles y las tropas aliadas a través de un maltrecho sensor de movimiento y unas minúsculas aberturas frontales. Se trataba de mi segundo combate. Aunque bien podía ser el primero de ellos. Aún recuerdo con emoción la primera vez que pisé un campo de batalla. Atrás quedaron los 10 años de duro entrenamiento y la intensa preparación para combatir a los más implacables adversarios. Me esperaban siglos de guerra sin descanso. Sin dolor, sin temor y sin compasión. Con la palabra del emperador expulsaríamos a los herejes y los invasores que osasen desafiarnos. Lo cierto es que la campaña de Armaggedon estaba siendo un autentico fiasco. Al pasar los días, los resultados no eran mas que derrotas, pasos atrás, perdidas de algún lugar táctico o falsas victorias que solo servían para que el enemigo se reabasteciese y golpease con la aniquilación de los victoriosos restantes. En mi primera batalla fui un espectador de lujo. Mi unidad se dispersó al caer de la cañonera Stormraven, y cuando llegamos al centro de la batalla, la segunda compañía había aniquilado por completo a los pieles verdes. Desde la lejanía pude observar a Mephistón blandir su espada psíquica y lanzar poderosos ataques psíquicos que volatilizaban a docenas de Orkos en segundos. Lo cierto es que necesitábamos más hombres como ellos. Los héroes y señores del Capitulo. Hombres que con su simple presencia, hasta novatos como yo, nos hacía sentir que por nuestras venas corría la ardiente sangre de nuestro primarca Sanguinius. Nuestros músculos se estremecían y nuestros sentidos se agudizaban convirtiéndonos en Marines de elite e implacables máquinas de matar. Pero en este remoto segmento tan solo contábamos con un reducido número de soldado tácticos, un insuficiente número de Predators y toda una unidad de desalmados hermanos de la compañía de la muerte. Lo cierto es que había escuchado historias. ¿Al fin y al cabo quien no conocía la perdición y el defecto de si mismo? Cada vez en mayor cantidad y con más frecuencia, hermanos caían a la sed de sangre. Enloquecidos y con unas ansías insaciables de muerte, los Marines eran soltados en primera línea en busca de la recompensa de la muerte.

Otra sacudida en el Razorback hizo que me precipitase hacía el suelo. Mi pistola Bólter se desprendió de la funda y fue a parar hasta la cabina del vehiculo a través de una rendija inferior. Un líquido rojizo salpicó mi casco. Me giré y contemplé sorprendido lo que quedaba de mi hermano. La sacudida había sido un impacto directo hacía nosotros. La puerta trasera se había desenganchado del vehiculo y tras ella pude ver la destrucción que atravesábamos a nuestro paso. Hermanos en combates encarnizados, tanques disparando en ensordecedores destello, criaturas Tiránidas desmembrando Ángeles Sangrientos en segundos…Sabía que estaba preparado para ello pero me sentía incapaz de asimilarlo. Aún echaba de menos mi tierra natal y la tranquila vida que disfrute allí. Ahora mi deber era preservar esa paz. Había sido elegido y tenía el mayor de los honores al alcance de un sirviente de la humanidad. Era un Marine Espacial, y como tal, era respetado por mis aliados y temido por mis enemigos. Pero la horda de bestias que combatíamos no sentía ningún temor. Estaba invadida por una ávida hambre, que jamás llegaría a ser saciada.

Mi sargento que también había sufrido las consecuencias de la fuerte conmoción ordenó rápidamente que alguno de nosotros ocupase el lugar del fallecido hermano. Me incorporé velozmente y tras apartar los pedazos restantes de la torreta, posé mis temblorosas manos sobre el Bólter Pesado. Lo siguiente que mis ojos presenciaron me estremeció por completo. Mi cuerpo se paralizó y mis extremidades dejaron de acatar mis órdenes. Nos dirigíamos hacía un peñasco en el que un pequeño puñado de compañeros resistía valientemente ante un centenar de pequeñas criaturas Tiránidas. Un mar de feroces engendros que avanzaba sin descanso. Por cada una de ellas que sucumbía bajo los disparos de los Bólters o se desplomaba bajo el calor intenso de los lanzallamas, aparecía una docena que avanzaban mas ferozmente hacía el pequeño bastión. Apreté con furia el arma pesada y comencé a descargar proyectiles con el fin de abrir una pequeña brecha en sus líneas. El Razorback había cambiado el rumbo directamente hacía esa posición. Conocía las diferentes variantes de Tiránidos y sus letales armas sobre la  teoría, pero era la primera vez que iba a sufrirlo sobre mi exaltado cuerpo. Una legión de Hormagantes ante nuestros pies, que iban cayendo con asombrosa facilidad. Parecía que a pesar de estar provocando un gran número de bajas no se habían percatado de nuestra presencia. Al fin y al cabo un puñado de peones erradicados no era suficiente distracción para una mente enjambre. Pero si lo fue para dos Zoantropos que al ver nuestra amenaza, apuntaron hacía nosotros. Comenzaron a emitir una luminosa luz mientras el resto de Hormagantes abría una línea de visión hacía nosotros. Giré unos 40 grados hacía la izquierda y lance una descarga de proyectiles de los cuales no impactó ninguno. Me dispuse a repetir la jugada. Mi segunda y última oportunidad. Si los Zoantropos conseguían lanzar el proyectil psíquico harían añicos el maltrecho Razorback. Cerré mi ojo izquierdo y encorvé mi cuerpo para buscar una buena postura de disparo. Apreté los dos gatillos y un centenar de proyectiles volaron entre las líneas enemigas para derribar a uno de los monstruos. Demasiado tarde para un tercer intento. Era nuestro final. Mi último deseo era que los Tiránidos que cayeron bajo mi arma bastasen para la supervivencia de mis aguerridos hermanos. El proyectil de energía del Zoantropo recorrió el rastro de mi anterior ataque y contemplé como se iba haciendo más cercano ante mi impasible mirada.

Recuerdos y una sensación de placidez sustituyó la fiereza del cambo de batalla. Pude sentir a mi familia y a mis amigos. Incluso a Zoppie. La hermosa mujer de dorados caballeros que iba a impregnar mi vida de felicidad y la aderezaría con pequeños querubines. Corría sobre los hermosos parajes de Almeraan mientras el intenso sol irradiaba mi desnuda piel. Miré al cielo con los brazos abiertos. Quería abrazar toda esa hermosura y no abandonar aquel maravilloso lugar. Sabía que estaba muerto. Pero si el paraíso existía, sin lugar a dudas me encontraba en el. Me tiré de espaldas mientras gritaba de alegría. Mi cuerpo y mi mente eran los mismos de antes de ser reclutado por el Capítulo. Sin la semilla de Sanguinius, sin mejoras y sin implantes. Era un indefenso y apacible humano que estaba disfrutando de lo que se había ganado tras una vida de guerras y dolor. Una sensación aún más placentera y seductora comenzó a recorrer mis venas. Alcé las manos hacía el sol y pude sentir como me transformaba. Mis músculos se hacían más intensos y se expandían al mismo ritmo que mi cuerpo. La larga melena rubia que comenzaba a brotar se fusionada con el paradisiaco hábitat. Comencé a sentirme más fuerte y expectante. Me había convertido nuevamente en el hijo de Sanguinius que era hacía escasos segundos. Volvía a ser un defensor de la humanidad. ¿Pero que sentido tenía si me encontraba en el paraíso? ¿Acaso la Disformidad me había llevado al reinado del Kaos? Ni habiendo sucumbido en defensa del emperador había obtenido el merecido descanso. Entonces a lo lejos, una figura alada se acercaba a una impresionante velocidad directamente hacía mi. Con el sol como aliado a su espalda, era incapaz de vislumbrarlo con nitidez. Me incorporé y me preparé para hacerle frente. Cuando la carga llegó al punto final, me dispuse a responderle con todas mis fuerzas, pero mi cuerpo no reaccionó. Me quedé paralizado con los ojos cerrados. El cuerpo me ardía y sentía una gloriosa sensación. Al abrirlos vi algo tan bello que mis ojos no pudieron asimilar. ¿Eres el? Pregunté ingenuamente a la imponente figura que me había abordado. Las palabras más sinceras y hermosas jamás oídas por el hombre, susurraron a mis oídos. Afirmé con la cabeza y acto seguido me postré de rodillas ante el.

Abandoné aquel visionario lugar para irrumpir nuevamente en la crudeza del planeta Armaggedon. Había salido despedido a varios metros del Razorback, que ardía en llamas mientras algunos de mis hermanos permanecían atrapados en su interior. Me levanté y fui corriendo en su ayuda. A pesar de la protección de la servoarmadura el calor era demasiado intenso. Les gritaba y les tendía la mano con la esperanza de concederles una última exhalación de esperanza. Otros 2 hermanos corrieron hacía nosotros con el mismo objetivo. Allí nos encontrábamos incapaces, viendo como en el interior del tanque, nuestros amigos morían. Una de las puertas laterales voló por los aires. Nos arrojamos sobre la salida y a través de la nube de humo apareció nuestro sargento Phaetel arrastrando a 2 malheridos Marines. Su servoarmadura estaba muy dañada, ennegrecida por las llamas, y en su ojo derecho abundaba una buena cantidad de sangre. – Ya tengo la excusa perfecta para que me implanten un ojo cibernético. – balbuceo Phaetel con una sonrisa. Parecía que la suerte estaba de nuestro lado, aunque yo bien sabía que no. Había renacido con un nuevo propósito y con un aura que me incitaba a la lucha. Había sido tocado y eso me convertía en una excepción. Aunque no era momento de llenarme de gloria. La gloria y el honor aún estaban en disputa.

Nos atrincheramos en un pequeño cráter a escasos metros de los restos del vehiculo. Curiosamente era el cráter en el que había aterrizado, y aún se encontraba caliente y humeante. Sujeté con fuerza mi Espada Sierra y en la otra mano una pistola Bólter que rescaté de un hermano fallecido. Mis compañeros se prepararon y tomaron posiciones para sobrevivir a la carga Tiránida. Un centenar de Hormagantes corría velozmente hacía nosotros. Lanzamos nuestra primera descarga de disparos hasta que la munición desapareció. Las bajas enemigas parecían haber pasado desapercibidas. Se acercaban y los teníamos encima y ya nada se podía hacer. Éramos seis Ángeles Sangrientos magullados y agonizantes ante un centenar de fervientes alienígenas. Pero la situación había cambiado. No tenía miedo.

Phaetel alzó su poderosa voz mientras encumbraba su espada de energía. -¡Por Sanguinius! – Toda la escuadra abandonamos nuestra posición y nos dirigimos al asalto. Dos movimientos certeros de mi arma se llevaron por delante a tres Hormagantes. Con mi mano izquierda estallé el torax de otro alienígena y de un fuerte puntapié quité de mi camino a otro par de ellos. A mi lado se encontraba el Sargento Phaetel. Su espada de energía fundía con una impresionante facilidad todos los enemigos que se le ponían por delante. El resto de hermanos a base de disparos de Bólter, granadas y feroces ataques cuerpo a cuerpo, frenaban el avance Tiránido. Un pequeño grupo de cinco me asaltó por un costado. Observé como los restantes despedazaban a mi compañero. El primero se abalanzó sobre mí tras un impresionante salto. Sus garras apuntaban directamente hacía pecho. Dí un paso atrás y tras revolverme partí en pedazos mi pistola sobre su enorme cráneo. El segundo empleó la misma táctica pero sin tiempo para retroceder. Empuñé la espada sierra y lo partí en dos. El viscoso líquido verde cubría todo mi brazo derecho. Un nuevo grupo de enemigos se unió a la carnicería. No me amedrenté y tomé la iniciativa cargando rabiosamente. En el primer empuje despedacé a cinco de ellos y en el segundo le siguieron tres. Asombrosamente, aguantábamos. De los seis que comenzamos el combate solo quedábamos tres, entre los que se encontraba Phaetel, que seguía aniquilando Hormagantes con la misma facilidad. Los tres hicimos un círculo espalda contra espalda y uno a uno, ataque tras ataque, fuimos sobreviviendo y aniquilando a las hordas alienígenas. No se el tiempo que llevábamos pero a juzgar por la montaña de cadáveres estábamos creando una nueva leyenda. Una oración para el festín anual en el convite de Baal Secundus cuando el Capitulo se reúne para festejar. Ya lo veía. Kornael el sangriento expulsó a un millar de Hormagantes durante más de medio día. Sin descanso. Sin piedad. Ayudado por su habilidad, el sargento Phaetel y el hermano Pritel.

Las fantasías eran necias. Aquella gesta no era ni tan siquiera merecedora de un anote del comandante Dante. Era el día a día de cualquier Ángel Sangriento. Éramos novatos si. Y aquella épica resistencia no estaba al alcance de cualquier inexperto soldado. Al alzar la vista aún veía los destellos de los Bólters de los hermanos que se encontraban en el peñasco. El gen de nuestro primarca nos volcaba al combate extremo y una resistencia inimaginable. Era el día a día. Aunque en mi caso era el primero de muchos a los que estaba destinado. La visión me había elevado a un estado que jamás pensé en alcanzar. Sentía curiosidad de si al verme al borde de la muerte, era un hecho común entre el resto de mis hermanos. La experiencia vivida me ponía en dudas de si realmente había sido tocado por el mismo Sanguinius. ¿Era un indicio de que la rabia negra se estaba apoderando de mí?  La fiereza con la que estábamos combatiendo jamás la había visto antes. Aunque también tenía que añadir mi corta experiencia en el cambo de batalla. Las fuerzas comenzaban a flaquear. Necesitábamos movernos y buscar descanso. A nuestro alrededor solo había infinitas líneas de Tiránidos. Esperanzábamos el despliegue de alguna ayuda pero éramos conocedores que esta no llegaría pronto. Si es que llegaría alguna vez…

Todo hacía indicar que la última estría entre la victoria y la derrota de esta contienda éramos nosotros tres. Pritel cayó al suelo. No por sufrir el impacto de algún alienígena sino por la extenuación y agotamiento que nuestros hombros cargaban. Me apresuré en su ayuda y lo puse en pie. Balbuceo que su fin estaba cerca y ya podía sentir la presencia de Sanguinius. Insistí todo lo que pude para contrastar sus delirios con la experiencia vivida por mí, pero una afilada garra golpeó mi espalda. Caí al suelo sobre Pritel. Giré mi cuerpo mientras lanzaba una patada al aire sin éxito. Delante de mí se encontraba un guerrero Tiránido. La elite de las tropas Tiránidas. La cosa se ponía mas sería y a su espalda cargaban una docena más de ellos. Plaqué con mi antebrazo el ataque de su gigantesca espada ósea. Grité de dolor al ver como mis huesos estallaban y sin perder ni un segundo rebané sus piernas. Me precipité de espaldas sobre nuevamente sobre Phitel, no sin antes asegurarme de su muerte, serrando la mitad de su resistente caparazón. Me había roto el brazo y una sustancia burbujeante hacía lo mismo con la servoarmadura. Phaetel se apresuró en nuestra ayuda, derrotando a cuatro Guerreros Tiránidos por el camino. Me quitó el casco y me inyectó una droga a través del cuello. – Hijo. Reza porque esta batalla no se alargué demasiado. – Mis ojos se abrieron como 2 grandes luces de esperanza y recuperé la maniobrabilidad de mi brazo. Mi cuerpo se irradió de una fuerte sensación de ímpetu. Volví a sujetar con fuerza mi arma y me abalancé contra los Guerreros junto al sargento. Uno tras otros fueron cayendo sin que supusiesen una insalvable amenaza. Phaetel y yo gritábamos exaltados ante nuestro épico. Podíamos encumbrarnos triunfalmente, morir en épicamente o algo mucho peor. Sucumbir a la Sed de Sangre.

El mecanismo de mi Espada Sierra no funcionaba, haciendo que el arma perdiese gran parte de su efectividad. Aún así los enemigos caían a mis pies. El haz de luz de la espada de Phaetel había decrecido en intensidad y cada Tiránido derrotado aumentaba nuestros esfuerzos. Dos Guerreros Tiránidos se abalanzaron sobre mí precipitándome contra el suelo. Mi cabeza apaleó el rocoso suelo duramente la violenta sacudida. El arma voló de mis manos a una distancia inalcanzable para mí en aquella situación. Uno de los alienígenas se encontraba conmocionado tras el brutal golpe. El otro se encontraba sobre mí descargando una infinidad de ataques mientras yo trataba de zafarme. Uno de ellos penetró mi servoarmadura y se hundió sobre mi estomago. Por suerte conseguí pararlo lo suficiente antes de que atravesase por completo. Sujeté con fuerza su espada ósea, estando aún hundida en mí estomago, y la partí por la mitad. El Tiránido gritó y se dispuso a darme el toque de gracia con sus afilados dientes. Pero antes de darle tiempo a lanzar el ataque, amarré con ambas manos su espada y lo atravesé. Empleando las piernas me lo quité de encima y repetí la misma acción con el segundo Guerrero que aún yacía en el suelo. La sangre brotaba en grandes cantidades de mi estomago. Escupí sangre y me incliné ayudándome de la espada ósea del Tiránido. Mi visión se desvanecía. Apenas podía distinguir lo que se encontraba delante de mis narices. Phaetel había sufrida una grave herida en su pierna. Incapaz incluso de ponerse en pie acabó con el último de los guerreros Tiránidos.

Los Hormagantes se alejaron aceleradamente y acto seguido el suelo comenzó a bribar. Por un momento pensé que se trataba del avance de nuestros tanques pesados. Pero tras una explosión, unos peñascos salieron disparados impactando violentamente a Phaetel. Nada menos que un Trigón. La más letal de las criaturas Tiránidas hizo acto de presencia. Sin tiempo de reaccionar lanzó sus enormes garras sobre el aturdido sargento y lo despedazó en escasos segundos. Pude ver la muerte de un impotente Phaetel. Y también pronostiqué mi misma muerte. ¿Que posibilidades tenía de sobrevivir? La criatura monstruosa se lanzó contra mí. Lancé mi cuerpo hacía un lateral esquivando su primer ataque. Le siguieron 2 veloces ataques que nuevamente puede eludir. Corrí exasperadamente hacía un risco con la esperanza de encontrar algún aliado. Aquello no era propio de un Ángel Sangriento pero era la opción más sensata si quería seguir con vida. Corría mientras el dolor me hacía tambalear. Echaba la vista atrás para ver como el Trigón me comía terreno a cada paso que daba. Volvió a lanzarme un nuevo ataque que salvé por escasos milímetros. Incluso sentí como sus afiladas garras rasgaban mi trasero. Huía escapando de la perdición, desconociendo lo que al otro lado me esperaba. Una enorme sacudida me hizo perder el equilibrio y caer al alcance de la enorme criatura. Estaba cerca de los pedazos del sargento Phaetel. Agoté mi última posibilidad buscando el arma de energía que se le debió desprender en su muerte. La encontré a pocos metros de mí y lanzando un último esfuerzo me abalance sobre el preciado objeto. Pero no fui lo suficientemente rápido y la bestia agarró mi pie. Comenzó a tirar violentamente hacía ella mientras trataba de agarrarme a lo primero que alcanzaba. Mi mano alcanzó la Espada de Energía y con una sacudida la arrojé hacía el Trigón atravesando su impenetrable caparazón. La monstruosa criatura cayó, mientras se retorcía entre gritos de dolor. Era mi momento. Me levanté y seguí corriendo sintiendo como el Trigón se arrastraba tras de mi.

Por fin llegué al alto y tras tropezar vi un Land Raider de la Compañía de la Muerte. Caí rodando hasta llegar lo más cerca posible de ellos. Detrás de mí la enorme figura del Trigón eclipsó los leves rayos de sol que aún iluminaban el campo de batalla. A mis pies una implacable sombra contaba mis últimos momentos de vida. El Land Raider giró hacía mi dirección abriendo el portón delantero. Inmediatamente, los integrantes de la Compañía de la Muerte corrieron enloquecidamente hacía mi posición. Entre ellos se encontraba nada más y nada menos que Lemartes. El gran capellán y guardián de los perdidos de los Ángeles Sangrientos. Descargando toda la furia de las Pistolas Infernus y Rifles de Fusión hicieron pedazos al Trigón. Ahora si podía afirmar que estaba tocado por Sanguinius. Había sobrevivido a la cruel batalla y había ganado los honores y la grandeza al salir victorioso. Era tiempo para el descanso. La gloría me esperaba en el nuevo amanecer.

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