La danza de los Arcángeles 01 x 02

Era la primera pista que tenía para resolver los brutales crímenes de Peak Road. La segunda se encontraba en medio del desierto. Iba camino de ella. Según avanzaba y me acercaba al lugar, una sensación de expectación invadía mi cuerpo. Creo que me encontraba ante un caso poco común. Un reto. Tal vez la última oportunidad para demostrar que la religión estaba equivocada. Que alguien como yo podía ser perdonado. La última salida para abandonar la autopista hacía el infierno estaba cerca. ¿Sería capaz de tomar la dirección correcta esta vez? Demonios. Lo quería con todas mis fuerzas, pero no era el caballero blanco que cabalgaba entre los relucientes Ángeles. La armadura dorada pasaba a convertirse en una camisa sucia, la gabardina agujereada había conocido tiempos mejores y mi desgastado y envejecido rostro distaba mucho de la belleza angelical. Era un jinete de la muerte. Rodeado de mugre, enfermedad, muerte y desolación. Aún así, la oscuridad no me había poseído del todo. Mi batalla contra los demonios interiores no había cesado. Me deseaban tanto que habían fusionado sus garras con mi alma. Si yo moría ellos morirían conmigo y la agonía que suponía intentar escapar de ello es lo que los alimentaba. Me estaba cansando de ello. Las fuerzas menguaban y cada día me volvía más débil. Pronto sería devorado por ellos…

A lo lejos vislumbraba las luces y el cordón policial. No era difícil en medio de aquella desolación desértica. Aparqué a escasos metros de los furgones de la policía y detrás de Biggs, un desgraciado hombre chupa culos que hacía el trabajo sucio del capitán Matthews que ya contaba sus últimos días para la jubilación. Más de 40 años de leal servicio a la ciudad. Todo hacía indicar que Biggs sería el reemplazo, aunque esperanzaba que fuese otro individuo. Un mesías que no impregnase de mierda el nombre de la ciudad y el del cuerpo. El sargento era un asqueroso obeso que atufaba a dinero negro. Las mafias le untaban pasta a cambio de la libertad nocturna y el no tenía reparos en retirar patrullas de los territorios que le señalaban. Violento e impredecible, disponía de un don innato para la manipulación. Bíblicamente el podría tomar el papel de dios mientras que yo sería Satanás, solo que desde una perspectiva mas moderna. Es decir. Para los ojos de la gente común yo era como una sombra que te acechaba durante la noche. Esa figura que esperaba impaciente a que doblases la esquina para apresarte. Biggs, por otro lado aparentaba todo lo contrario. Un gran sargento del cuerpo de policía. Leal, noble y respetado. Acaparaba los medios de comunicación semana si y semana también. Se había ganado una enorme admiración gracias a la resolución de varios casos famosos y eso le había convertido en alguien muy influyente. La gente común, que sufría de ceguera, sin duda le seguiría a él mil veces antes que a mi. Personalmente no me llevaba nada bien con el, pero como el resto de la comisaría, el temor que tenían hacía mi, me hacía ganar un cierto nivel de respeto. Éramos pocos los que nos atrevíamos a patrullar durante en caos de la noche. En su mayoría gente solitaria sin ningún tipo de vida social. Desequilibrados o novatos a la espera de un destino mejor. Ese era el caso de Billy, lo más cercano a un amigo que me quedó tras mi caída al inframundo. Un joven novato ansioso por seguir los pasos de su padre. Entusiasta y hasta cierto punto un tipo enrollado. Llevábamos casi 4 meses trabajando juntos y sabía como tratarme. Al principio fue complicado para ambos. Reconozco que no soy una persona nada fácil, no me gusta ser fácil. Y lo último que me apetecía era hacer de niñera. Tenía una misión y los niñatos no eran aptos para ella. Lo cierto es que Billy me demostró que tenía un par de huevos e incluso salvo mi vida en una ocasión. Eso le costó sufrir una herida de bala leve en su cuello. De la cual se siente enormemente orgulloso, incluso al hablar con mujeres gira la cabeza para enseñar la cicatriz del pescuezo, lo que cree que le hace un autentico hombre de la ley. Si yo le enseñase mis cicatrices…Las cicatrices de mi corazón que recorren todas mis entrañas. Capaces de ahuyentar a la más fiera de las bestias y manjar de lujo para los carroñeros que rondan mi alma.

El día comenzaba a incursionar en el cielo de la ciudad, repitiéndose una rutina a la que no nunca había asistido desde años atrás. Rara vez mis ojos apreciaban la luz del día sin que fuese a través de las persianas de mi apartamento o algún motel de mala muerte. Pero esta vez el sacrificio merecía la pena. Una nueva victima, y todo parecía indicar que tenía relación con el misterioso asesinato de Peak Road. Sería mi segundo lugar de pruebas. En el primero obtuve un sobre vacío del agua divina, y en mi bolsillo ya se encontraba uno con la droga. El resto del lugar era un autentico misterio y una serie de pruebas no concluyentes. Trabajo para los CSI. Había pasado varios días y todavía no me había acercado a por el informe. Me perdí demasiado en la noche. El submundo me alejo del caso para retomarlo nuevamente con más fuerza y más intensidad. Palpé nuevamente mi bolsillo para comprobar que la droga no se había ido. Aún no la había probado y ya sentía que me había convertido en un yonki. Me preguntaba, si se trataba del mismo asesino. ¿Que le había impulsado a cambiar del escenario de la adinerada Peak Road al medio del desierto? ¿A escoger como victima a una pobre desgraciada en vez de la clase selecta de los herederos de la zona más rica de Rusmon City? El asesinato aún no había salido a la luz. El capitán Mathews soportaba mucha presión, ya que la primera victima había sido la hija de un político y accionista de la ciudad. Un pez gordo de la ciudad que no quería que su nombre fuese salpicado de sangre en los medios de comunicación. Por el telefonazo que me habían dado el perfil y la escena del crimen encajaban con Peak Road, y era imposible que se tratase de un imitador. Lo que presencie en aquella mansión incluso estremeció a los demonios de mi interior. Tenía la sensación de que el supuesto asesino era un ser diferente. Tan diferente e incomprendido como yo. Y es que si no me resguardase tras la placa de policía, yo mismo podría protagonizar una serie de asesinatos en cadena. Era el heraldo de la muerte del bien, y mi objetivo era atrapar al que se había convertido en mi enemigo invisible. Me preguntaba que clase de persona sería. O personas, lo cierto es que no sabía absolutamente nada de el. Quería atraparlo. Quería conocerlo. Esa era mi prioridad absoluta en estos momentos.

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