La danza de los Arcángeles 01 x 01

Eran las cinco de la madrugada y el día estaba al caer. El imperio de la luz pronto volvería a reinar y a castigar sus dominios con su intenso poder. Era difícil vivir en ese ambiente. Una sociedad gobernada por un sistema centralizado y opresor cuyo único objetivo era el automatismo. Individuos de todas las razas y clases sociales que ansiaban la vida ejemplar y modélica que la televisión ofrecía y que los mismos medios insertaban en sus mentes vacías. El día se convertía en una monótona y predefinida serie de acciones y decisiones. Siendo el consumismo y la posesión lo único capaz de otorgar aleatoriedad a los breves momentos de felicidad. Todas las elecciones, tanto malas como buenas, siempre llevaban al mismo lugar. Una noche llena de sueños en los que el dinero, las mujeres, los lujosos coches, e incluso familias aderezadas con pequeños querubines correteando por los pasillos de las enormes casas, hacían pensar que se podía llegar a ser algo más que un oficinista o un tendero de algún centro comercial. El resultado siempre era el mismo. Sueños que no llegaban a cumplirse y un nuevo día. Un nuevo amanecer que se presentaba lleno de expectativas y desafíos rotos. La luminosa luz del sol, hacía que la vulgaridad volviese a impregnar las almas y los corazones de los pobres infelices que se regían sobre las leyes que el corrupto gobierno establecía.

Yo no era como el resto. Mi vida no requería de una hermosa mujer, una bonita casa con su verde jardín y las excursiones familiares de fin de semana. Hacía tiempo que dejé eso atrás. Debo reconocer que fueron tiempos felices. Pero los tiempos habían cambiado. Yo mismo había cambiado y joder, hasta el clima de Rusmon City lo había hecho. El calentamiento global no era una película de cine o una novela de ficción. Antes gozábamos, de una ciudad verde con extensas colinas y verdes prados. Era un lugar agradable. Ahora la ciudad más prolifera del siglo XXI esperaba ansiosa un nuevo festín. Los restos de la ciudad prometida se repartían entre la ambiciosa civilización y su afán por edificar enormes edificios. Con el tiempo más vacíos y más negros. A la vez que la vida, se volvían más inhumanos. Lo restante se convertía en nada. Un basto desierto de ensueño. El lugar perfecto para olvidar y desaparecer de la faz de la tierra hasta ser encontrado por algún otro infeliz que viese su intento frustrado. Habían pasado 10 años desde la última vez que una gota de agua golpease mi rostro. La última vez que mi alma sonrío, y con la sequía llegó mi lenta agonía de dolor y tristeza. Abandoné mi anterior existencia para sumergirme en el mundo de las tinieblas. La vida me dejó de lado y yo no la eché de menos. Mi mujer, mi hijo e incluso una adorable mascota se perdieron en el pozo del olvido de mi corazón. Jamás volví a sonreírles y a amarles. Yo cambié y conocí el verdadero rostro del mundo. El me vio y yo también le vi. Le sentí, le abordé y desde ese día supe que seríamos inseparables. Ya no había vuelta atrás. El dolor, la amargura, la soledad, eran conceptos abstractos para mí. ¿Acaso podía sentir algo una persona tan vacía como yo? Deambulaba con la autoridad que mi profesión me rendía, cada vez más difícil, cada vez menos a menudo. El mundo se estaba haciendo añicos ante los ojos impasibles de las millones de personas que sobre poblaban nuestra moribunda tierra. Las calles eran patrulladas por vecinos y por agentes de mil facciones políticas. Los rebeldes y los grupos independistas, a la sombra de los ojos de la luz, administraban la noche a placer aplicando su propia ley que se desvanecía expectante ante un nuevo amanecer.

Aún así, hasta cierto punto alguien como yo disponía de una mínima autoridad. La maldita corrupción que a base de dinero y tratos hacía reyes a mafiosos y asesinos me erigía como un heraldo de la divina justicia. Aunque ya nada de eso me irritaba y hacía largo tiempo que ya no tenía la imperiosa necesidad de hacer frente a estas tramas. Ahora era mi mundo, solo conocía la noche, y como tal, me aprovechaba de él de la mejor manera que podía. La utopía de la ley y el orden, de los buenos tiempos y de la tierra prometida se consumían al mismo ritmo que la carretera que desaparecía bajo mi Shelby Mustang GT 500 del ’67. El vehiculo perfecto para todos aquellos que no podían dormir por las noches, ni comer y menos aún, encontrar a quien amar, más que a esta maravilla motorizada. Me había telefoneado Billy hacía 45 minutos. Me encontraba en un local del sur. Lejos de la clase selecta de adinerados y ricos que hacían de la noche su zona de recreo. Yo me codeaba entre yonkis, asesinos y prostitutas. Aún apestaba a whisky y los efectos aún no se habían disipado. Si no me hubiese pasado con la bebida podría haber tenido un encuentro con Lily, pero esa preciosidad tenía un precio. El precio que había pagado por el agua divina. El ridículo nombre que le habían puesto a la nueva droga de diseño que circulaba por las calles. Llevaba detrás de ella varios días y por fin me había hecho con ella pagando un elevado precio, pero que esperaba, ansiosamente en el bolsillo de mi gabardina.

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